sábado, 11 de julio de 2009

Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Mateo 18,3

¿Qué puede ser más fuerte que el amor?, ¿Qué barrera existe que la fe en Dios no pueda derribar?
El amor es un acto de fe en sí mismo y que mejor ejemplo de ello que el hecho de que Dios haya decidido enviar a su hijo único para salvarnos. Su amor es desinteresado, está ahí, esperando por nosotros con los brazos abiertos tal y como la imagen del Divino Niño nos muestra.
YO REINARE.
Su reino es de justicia y misericordia, su legado es la entrega y el amor incondicional. ¿Porqué nos cuesta tanto trabajo dejarnos abrazar por ese amor, entregarnos a él como un niño que busca el cobijo de su padre?
En un mundo sumido por la oscuridad, muchas veces olvidamos lo más esencial... Él es luz, la luz del mundo y ni las tinieblas han podido apagarlo. Necesitamos un milagro de amor y de unidad universal, más allá de credos, razas o nacionalidades, una plegaria de un corazón humano para alcanzar la gracia celestial. Después de todo un milagro no se basa tanto en la santidad como en la fe.
¿Porqué los niños pueden creer en cuentos de hadas y dragones y nosotros no? Seamos como niños, creamos en lo imposible, tengamos fe. Y con ese mismo amor infantil, dejémonos guiar, cuidar y amar por Jesús y por el Padre. "Venga a nosotros tu reino".

Una pequeña remembranza de la devoción al Divino Niño Jesús.

Desde tiempos muy antiguos ha existido la devoción al Divino Niño Jesús, honrando su santa infancia, considerando esta edad de Jesucristo como una maravilla de inocencia y amabilidad. Cuentan los antiguos narradores que la devoción al Niño Jesús empezó en el monte Carmelo, en Israel. Luego cuando los Carmelitas se extendieron por Europa fueron llevando la devoción al Divino Infante por todas partes.
Hacia el año 1200 San Francisco de Asís dispuso recordar con mucha solemnidad la navidad haciendo un pesebre lo más parecido posible al de Belén, haciendo él mismo un hermoso sermón de Nochebuena recordando la gran bondad del hijo de Dios al quererse hacer hombre en Belén por salvar nuestra alma.
Más tarde San Antonio de Padua y San Cayetano, le tuvieron mucha devoción al niño Jesús, y por eso en los cuadros se les pinta llevando en sus brazos al Divino Niño. Quienes vinieron a popularizar modernamente esta devoción fueron Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz.
De Santa Teresa se narra que subiendo por una escalera hacia un corredor, le pareció ver al Niño Jesús que la saludaba muy amablemente. La Santa gozaba componiendo villancicos al Niño de Belén. Le gustaba mucho este:
Véante mis ojos
Dulce Jesús bueno
Véante mis ojos
muérame yo luego.

San Juan de la Cruz, en una navidad, emocionado ante la hermosa imagen del Niño Jesús, exclamó lleno de entusiasmo:
Mi dulce y tierno Jesús,
si amores me han de matar,
ahora tienen lugar.

En el año 1636 Nuestro Señor le hizo a la Venerable Margarita del Santísimo Sacramento una promesa que se ha hecho muy famosa: "Todo lo que quieras pedir, pídelo por los méritos de mi infancia, y tu oración será escuchada".
Recordemos que la Devoción al Milagroso Niño Jesús, no es la creencia de que una imagen de yeso, metal, tela o cartón nos vaya a hacer un milagro (porque las imágenes no pueden hacer milagros a nadie). Lo que hacemos es honrar los primeros 12 años de Jesús en la tierra, los años de su infancia y por los méritos que Jesús ganó en sus 12 años de niñez, pedir a Dios todos los favores que necesitamos.
Muchísimos devotos alrededor del mundo entero han hecho el ensayo de pedir favores a Dios por los méritos de la infancia de Jesús, y han obtenido favores admirables. Hagamos pues lo mismo.